Maravilla y reverencia, dos claves para crecer con esperanza

El  niño es un ser sensible, capaz de percibir todo lo que le envuelve de una forma intensa y sutil que, a veces, parece mágica.  

Esta capacidad es uno de los misterios más poderosos de la infancia: captar, ver y jugar con aquello que no es evidente al ojo, pero que se percibe a través de los sentidos.

Maravilla y reverencia, dos claves para crecer con esperanza

El verano es la estación de expiración, el momento del año más adecuado para salir afuera, a la naturaleza, y vivir experiencias en ella.

El  niño es un ser sensible, capaz de percibir todo lo que le envuelve de una forma intensa y sutil que, a veces, parece mágica.  

Esta capacidad es uno de los misterios más poderosos de la infancia: captar, ver y jugar con aquello que no es evidente al ojo, pero que se percibe a través de los sentidos.

¿Te acuerdas de la sensación que tenías cuando, en tu infancia, llovía de forma torrencial? ¿Del intenso olor de tierra húmeda? ¿Y qué me dices de las sensaciones que desataba el viento, cuando soplaba tan fuerte que movía las persianas? Estoy segura de que, si cierras los ojos, aun ahora puedes ir más allá del recuerdo sensorial y contactar con el vínculo interior que, en ese momento, se construía entre tu y el mundo natural.    

Todo, en la infancia, es vivido con gran intensidad, con gran sensibilidad, y esto fundamenta el resto de nuestras vidas.

 

Hay dos aspectos que conectan al niño con la naturaleza:

- La experiencia de maravilla.

- La reverencia.

 

La maravilla interior surge de la admiración profunda hacia lo que es, de la capacidad de ver y sentir el mundo por primera vez, sin juicio, sin demasiadas ideas preconcebidas. ¿No has usado nunca la expresión “lo vi como si fuera de nuevo una niña”?

Es esa imprenta interior de la que hablaba antes, el vínculo que algunos llamamos espiritual o mágico, que queda en nosotros la primera vez que vemos un paisaje nevado, un atardecer, un arcoíris… Esa experiencia más allá de lo sensorio es a la que, sin querer, nos remitimos cada vez que prestamos atención al mundo natural. 

Como maestras, madres y padres, quizá no nos acordemos de lo que pudimos sentir nosotros en el pasado, pero a veces tenemos la suerte de revivir la maravilla a través de nuestros hijos y alumnos.

Te invito a que, este verano, observes sus expresiones cuando vean algo nuevo, por primera vez. Quien sabe, a lo mejor te descubres a ti misma invadida y compartiendo esa, valga la redundancia, maravillosa experiencia de la maravilla. 

¡Y de la maravilla, viajamos hacia la reverencia!

Así como la maravilla nos re-conecta con ese vínculo primordial con lo natural, la reverencia es lo que nos permite volver, una vez tras otra, a esa experiencia de maravilla.

Lejos de ser una invitación al culto dogmático a lo natural, cuando hablo de reverencia, me refiero a cultivar en casa y en el aula una cultura que, de forma intencionada, observa el mundo con apertura, curiosidad, confianza y respeto.

Esta cultura, por sí sola, ya invita a que la experiencia de maravilla nos visite más a menudo.

Además, lo creas o no, esto puede ser una “vacuna” potentísima contra el cinismo y el desánimo cultural que a veces se instala en la juventud y la edad adulta.

Piénsalo: aquello que practicamos es aquello en lo que nos convertimos, y aquello que nombramos lo podemos incorporar a nuestra vida con más consciencia.

Nombrar y practicar la reverencia, saber que podemos estar abiertos a la maravilla, incrementará las opciones de que, en tiempos difíciles, busquemos más la re-conexión con esas vivencias interiores, y menos la evasión y la apatía hacia el mundo.

¿Os podéis imaginar un mundo lleno de adultos conectados con la naturaleza? ¿Adultos a los que se les hubiera invitado más a desarrollar la maravilla y la reverencia? ¿Tendríamos los mismos niveles de contaminación? ¿Habría tantas especies en peligro de extinción? ¿Seríamos tan neuróticos?

 

Entonces, ¿qué puedo hacer yo?

 

Las buenas notícias son que, para los menores de 6 o 7 años, la experiencia de maravilla y reverencia hacia la naturaleza viene de serie, ya está allá.

Si deseamos hacerla crecer, podemos utilizar un lenguaje más metafórico, lleno de imágenes pictóricas y arquetipos, alejándonos en esas edades de las explicaciones más científicas.

Podemos comprender a qué nos referimos cuando, por ejemplo, estamos sembrando plantas y se lo explicamos así: Estoy haciendo una camita para las semillas, les pongo una sábana de tierra que las cubra para que estén mejor protegidas y calentitas. 

Y cuando a preguntas como: ¿Por qué se va el sol? Damos por respuesta: Se va a dormir como nosotros y vuelve a despertarse por la mañana. A veces se esconde detrás de las nubes y juega con la luz.

Alimentar este pensamiento mágico en las primeras edades será una ayuda para el posterior desarrollo del pensamiento abstracto, que permanecerá lleno de fuerza, de vida y de color.

A través del vínculo con las dos claves mágicas el niño conectará, también, con la naturaleza que él es. Por ello, si fomentamos la capacidad de sorpresa y maravilla interior hacia experiencias naturales, estaremos colocando los cimientos de su espiritualidad adulta.

Hay una herramienta fantástica para acompañar el desarrollo de las dos claves: el juego y la experimentación a través de los elementos. Si deseas saber más, ¡no te pierdas el próximo artículo!

Un abrazo,

Àuria.

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